No cualquier otro. No el otro conocido, sino el ignorado. No el otro amado, sino el odiado. No el otro que nos confirma, sino el que nos niega. No el otro que nos ayuda, sino el que nos perjudica.
El otro es espejo. El otro que se presenta a nuestra vida es reflejo de lo que somos y no vemos. Ese espejo, ese otro, permite reconocernos en lo que no queremos, no podemos o no sabemos ser. No significa que “yo soy como él”. No significa justificar cualquier acto. Sino discriminar manteniendo el contacto. Diferenciar sin disociar. Desaprobar sin negar. Rechazar sin excluir. El otro nos muestra lo que no alcanzamos a ver en nosotros. Lo revela, lo hace emerger, lo hace explícito y evidente, lo “saca afuera”.
